Opinión

¡Alerta por garrapatas en Murcia!

Cuando Rosalba concluyó sus estudios de Graduada en Ingeniería de Sistemas hace ya diez años, se puso a trabajar noche y día para ahorrar el dinero suficiente para hacer un máster de Responsabilidad Social en España.

Es la forma que utilizan muchos jóvenes universitarios latinoamericanos para obtener la visa por estudios que les autoriza a trabajar a tiempo parcial fuera del horario de clases y, después, solicitar los permisos de residencia y trabajo. A esto le llaman arraigo por formación o importación de talento a coste cero.
Tras diez años de trabajo sin tregua, el azar trajo a Rosalba a Murcia, una ciudad de la que nunca había oído hablar, pero de la que ahora tiene muchas cosas que contar.

Hace unos días me llamo para contarme que un empresario-garrapata (en adelante me referiré a estos como garrapatas por el profundo respeto que le tengo a los empresarios de verdad) le propuso trabajar todos los fines de semana poniendo copas, pero sin contrato, sin alta en la seguridad social y todas esas tonterías que -para algunos- no son más que cargas burocráticas…

Es difícil darse cuenta de esta corruptela porque lo primero que hace una garrapata como Dios manda es anestesiar la percepción de la injusticia. Mientras las “Rosalbas”, inconscientes de la realidad que las atraviesa, tiran cervezas, las garrapatas siguen engordando a costa de la necesidad ajena.

Es un aletargamiento sutil haciendo pasar por inevitable lo inadmisible, lo ancestral por moderno, lo justo por ingenuo. Engorda la garrapata ante nuestra insensibilidad, la percepción de lo ineluctable facilita el hundimiento de sus afiladas mandíbulas en la piel de nuestra sociedad. Mientras la garrapata engorda -y a nosotros nos sirven copas baratas- no pasa nada, nada al menos que pueda evitarse.

La garrapata tiene una piel correosa y cuatro pares de patas terminadas en garra. Le sirven para clavarse en lo que un día consideramos eran valores incuestionables e inocular su veneno. Nos hace insensibles a la evidencia de que cada día hay más desigualdades, entre las naciones, entre las regiones, entre las personas. Porque la garrapata se clava en todos, pero se nutre de los más débiles. ¿Quiénes son los débiles? Aquellos que no tienen quien les defienda.

Y nos hace tan insensibles que incluso molesta la advertencia de su presencia. Uno de los mayores logros de la garrapata es que hoy incomode más la denuncia de la injusticia que la propia injusticia. Fue Charles Baudelaire, el célebre poeta maldito, quien acuñó la espectacular sentencia: “El mayor truco del diablo es hacernos creer que no existe”. No le faltaba razón. Nunca se es más vulnerable al impacto de una fuerza, cualquiera que esta sea, que cuando se cree que ella no existe. Y los empresarios-garrapatas son el diablo de la clase empresarial. “Ya estamos” suele ser el comentario más benigno ante el aviso. Porque importuna ese aviso y no la evidencia.

Molesta escuchar que la garrapata se viene cebando en nuestra Región: el mapa de la economía sumergida en España sitúa a Murcia a la cabeza con un 25% del PIB. Por decirlo de un modo gráfico: pensemos que una cuarta parte de los coches que vemos en nuestras carreteras, de los vestidos que llevamos, de la comida de la que nos alimentamos… un 25% es fruto de la corrupción empresarial.
Fastidia recordar que los sindicatos vienen alertando del fraude en la hostelería con un 30% de los trabajadores sin contrato.

Pero la garrapata sabe desviar responsabilidades. Dirige hábilmente nuestras iras sobre otros hombres y mujeres más delgados, más pobres, en los que ella misma se cebó antes y de forma aún más tenaz. A fin de cuentas, el diablo siempre señala a otros.

Esos otros a los que vemos cada mañana acudir en busca de nuestras sobras, sin derechos, sin papeles, en un círculo sin sentido. Esos otros a los que ni siquiera damos el pan que tiramos a los perros, como el rico Epulón. Y aun así nos queremos convencer de que las víctimas son culpables de su destino.

La garrapata hunde sus garfios en los servicios públicos, le estorba la sanidad, la educación, los servicios sociales, las prestaciones. Odia en definitiva el Estado del Bienestar. Odia el Estado, porque sin inspectores de trabajo, sin leyes laborales, sin sindicatos… la garrapata es el rey. Odia el Bienestar, porque son los pobres los que no pueden negarse a sus propuestas miserables.

La garrapata consigue hacer creer que lo que ayer era necesario hoy es imposible. No necesita explicar la contradicción de esa imposibilidad en un mundo más rico, pero más injusto: globalización de deseos, privatización de oportunidades.

Nos hace pasar por moderno, por bueno, el juego de siempre, con las reglas de siempre y los ganadores y perdedores de siempre: el juego del trilero que solo gana con dados trucados. Por cierto, a Rosalba nunca le hicieron un contrato, ni siquiera le pagaron el trabajo realizado. Era más fácil sustituirla por otra joven universitaria latinoamericana.


Comentario del autor: Este artículo de opinión hace una poderosa reflexión sobre la importancia de la autonomía de las mujeres y su libertad económica. A través del personaje de Rosalba, se muestra cómo las mujeres, a pesar de su dedicación y esfuerzo, pueden ser explotadas en el mercado laboral, especialmente cuando carecen de contratos formales y protección laboral.

La referencia al «arraigo por formación» y la explotación laboral sin contrato, subrayan la vulnerabilidad de las mujeres, especialmente en sectores precarios como la hostelería.

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